4.4.11

Lollapalooza Día 2 (3 de abril)

El segundo día del sueño americano llamado Lollapalooza partió con buenas nuevas: todos los grupos chilenos que se presentaron desde el mediodía (especialmente Javiera Mena, The Ganjas y Cómo Asesinar a Felipes) salieron airosos de sus shows y el volumen del audio estaba mejor y más fuerte que en la jornada anterior. Ahora sí se podía apreciar un concierto desde la lejanía del pasto del Parque O’Higgins, tal como lo hicieron las personas que prefirieron sentarse a escuchar a Todos Tus Muertos y su mensaje de conciencia social y reggae con actitud punk que cumplió su rol de ahuyentar al calor que arreciaba a la hora de almuerzo. ¿Se echó de menos a Fidel Nadal? Claro que sí, pero tampoco alcanzaba a quitar esa sensación noventera (en el mejor sentido de la palabra) que inundaba el aire.

Sin cabida a las especulaciones, a eso de las 2:40 y bajo el tormentoso sol que reinaba sobre la última jornada del festival, los parlantes del escenario Coca-Cola bramaron al pulso de ‘Down’, dando comienzo al turno de 311 en Lollapalooza. Acertada elección por parte del grupo estadounidense, tomando en cuenta que se trata de su más reputada presea y que –claramente- las expectativas en torno a la presentación de los de Nebraska superaba largamente el conocimiento sobre la banda por parte del respetable. La política se confirmó cuando sorpresivamente, a intervalos de una canción de su repertorio más furtivo, sonaron prontamente ‘Come Original’, ‘Amber’ y “All mixed up”, dejando claro que, ante las dudas, el mejor vino ha de tomarse al principio.

Luego de eso se dieron el espacio de demostrar su fiato como grupo y la polifuncionalidad de cada uno de sus integrantes, a través un enérgico set de percusiones en donde todos tomaron las baquetas, subiendo aun más la temperatura de la loza del Parque O’Higgins. También hubo tiempo para versionar a The Cure en ‘Lovesong’, cover que han hecho suyo y que vienen rulando desde hace un buen tiempo. Y aunque suene a gula, las circunstancias podrían haber permitido interpretar aquel par de canciones del disco “Transistor” (1997) en donde interviene el Cypress Hill Eric “Bobo” Correa, protagonista de la jornada anterior. Claro, en pedir no hay engaño.

Después de 311, el caos. El único momento verdaderamente incómodo de la jornada ocurrió antes de que tocara Devendra Banhart y comenzara a correr el rumor de que el Tech Stage cerraba sus puertas, así que no habría más conciertos en aquel escenario. Una horda de carabineros, imagen siempre desagradable, llegaba al recinto a controlar una situación que se les escapó de las manos y que derivó en un ambiente agresivo que resultaba particularmente chocante en el acogedor contexto de Lollapalooza. Y la desinformación pasó la cuenta porque varios reacomodaron su programa personal del día según lo ocurrido. Nuestra opción fue esperar en la zona de descanso y llegar antes al stage Coca-Cola para ver a The Flaming Lips, carcomidos por la expectativa, mientras Chico Trujillo hacia vibrar el escenario Claro.

Los de Oklahoma vinieron, vieron y vencieron. Su mera presencia en Chile estaba condenada a ser histórica, pese a todo: la mezquindad en la distribución de sus minutos (sólo la calidad de anfitrión de Perry Farrell explica que Jane’s Addiction tuviese más tiempo para tocar que ellos) y el pésimo horario en que salieron debido al invasivo calor. Cuando el sol y el show golpeaban con mayor intensidad, varias caras se empaparon, literalmente, de sudor y lágrimas. No era para menos, ante nosotros desfilaban uno tras otro los momentos más Lollapalooza de todos, aquéllos que no pensamos ver jamás en vivo y en directo. Por fin presenciamos eso que sólo podíamos ver en internet: la vagina gigante y sicodélica en la pantalla, los saltarines tipos enfundados en trajes naranjos, toda la chaya imaginable, globos gigantes de colores, Wayne Coyne dentro de la burbuja caminando entre la gente y las fantásticas canciones de la banda sonando en vivo para nosotros. Emocionante es poco decir ante el que fue, tal vez, el mejor show (en el estricto sentido de la palabra) de todo el festival, la clase de suceso que puede cambiar vidas. En serio.

Tras descansar en el pasto durante los aburridísimos Sublime with Rome (una desilusión absoluta, en pésima forma y sin un atisbo de su chispa de antaño) y el comienzo de 30 Seconds to Mars, el festín de colores y estímulos visuales recibidos en el concierto de The Flaming Lips hizo efecto en nosotros. No podíamos seguir escuchando a Jared Leto, necesitábamos ir a conocer Kidzapalooza y –de paso- ver a Los Pulentos. Con los raperos Vitami y Sonido Ácido a la cabeza, el grupo creado para la serie de televisión fue el mejor respiro ante el conmovedor espectáculo previo y una antesala perfecta para la perversión que se vendría. El momento Kodak: cuando los MCs del grupo preguntaron “¿cómo están los niños?” y muchas voces infantiles gritaron “¡bieeeeeeeen!”.

El contraste de ambiente no pudo ser mayor cuando partió Jane’s Addiction y el telón se bajó para mostrarnos a dos chicas colgadas al techo por ganchos que atravesaban la piel de sus espaldas. Suspensión con piercings a la que Perry Farrell se refirió, al partir aludiendo a la mezcla de dolor y placer. El aire noventero del festival sopló por última vez con la intervención del dueño de la fiesta y sus destacados secuaces, especialmente con la imagen de Dave Navarro tocando su guitarra con un cigarrillo en la boca. Y aunque tuvo más protagonismo del merecido en el line-up, el ensamble estadounidense supo estar a la altura de las circunstancias y probar su valía en vivo, a través de un cierre de concierto que trajo dos de los hits más esperados por el público: ‘Stop!’ y ‘Jane Says’. Apenas finalizado el último acorde, aplaudimos apurados y partimos al escenario Coca-Cola.

Producto de una batería de razones, todas ellas largamente comentadas y analizadas, la presentación de Kanye West se alzaba como el plato más fuerte de Lollapalooza. Así lo demostró la convocatoria del último capítulo de esta gloriosa e histórica fusta. 23 canciones fueron, en total, las encargadas de dejar en claro que estábamos frente a uno de los artistas más aventajados que la industria musical ha concebido nunca. Discusiones de gusto existirán siempre frente a lo hecho por West la noche del domingo: que si es hip hop o que si es pop o quizás que otro etéreo genero; que el Auto-Tune, que su displicencia o vaya uno a saber qué. Y qué importa. Si es justamente aquella ramificada y maliciosamente intencionada dicotomía expuesta entre su primera triada (“The college dropout”, “Late registration” y “Graduation”) y sus dos trabajos posteriores (“808s & heartbreak” y “My beautiful dark twisted fantasy”) lo que traza el nervio de lo expuesto por el hijo prodigo del 2010 en su paso por Chile: desde el ruidismo y la experimentación vocal en temas como ‘Runaway’, ‘Power’ y ‘Gorgeous’ al registro mas rapero de ‘Diamonds from Sierra Leone’, ‘Jesus Walks’, el clásico ‘Through the wire’ e incluso la reciente ‘H.A.M.’, de su venidero disco con Jay-Z, con la que abrió el espectáculo.

A pesar de su insistencia por vocalizar, extender los arreglos, experimentar con filtros y jugar a la segura con el Auto-Tune, es indudable que se nota mucho más cómodo escupiendo flows con el micrófono en la mano que con él detrás del pedestal. De hecho, sorprende la entereza del de Atlanta a la hora de aguantar el envión del show, al mantenerse intacto (sin coristas ni apoyos) durante las dos horas de duración que tuvo el show. Sin mayor parafernalia visual ni voladores de luces, Kanye West dejó claro que lo mejor que sabe hacer es rapear, y que cualquier intento por abrir sus horizontes como artista, siempre serán tamizados por el rico abanico métrico que posee. Aquello siempre se ha notado en su estrategia de producción y resulta aun más claro en el directo. Para el anecdotario quedará el imaginario panteónico, la influencia evidente de Michael Jackson y los millones de pesos que colgaban de su cuello; lo importante ocurrió en lo musical y las expectativas fueron pagadas en exceso. Una vez expirado el último beat de ‘Stronger’, la vuelta a la vida real, después de dos días inolvidables de música, energía y emotividad parecía tan ruda como el andar de carabineros desalojando al público sobre sus caballos alazanes.

Ni la insolación, ni los retrasos en la entrega de tickets a la horda de blondos y drogados extranjeros. Ni siquiera los problemas en La Cúpula pudieron empañar el verdadero sentimiento que inundó toda esta alucinante fiesta. Desde los más minúsculos detalles hasta la más imponente puesta en escena, desde el olor a frutilla de Kidzapalooza hasta la alcurnia borracha del VIP, todo pareció entrañable en aquel glorioso momento. Cada quien se llevará a casa su propia versión de Lollapalooza, cada quien armó su propio itinerario y -a pesar de los gustos y las diferencias culturales- cada una de esas versiones seguramente será tan emotiva y vibrante como la otra.

*Escrito junto a Miguel Ángel Castro

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