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29.11.13
Cat Stevens: Piel de gallina
Entre la sofisticación de sus primeros discos y la experimentación de los trabajos que editó antes de retirarse, Cat Stevens encontró su plenitud creativa en canciones honestas, escritas sin rebuscar. Esa faceta, la de mayor convocatoria, guía su retorno a la música secular: al lado de sus temas de la era "Tea for the Tillerman", una novedad como "Midday" no destiñe, y una reliquia de los 60 como "I love my dog" es adaptada desde el pop orquestal hasta el formato de guitarra y voz familiar para millones de oídos.
Si Creedence Clearwater Revival es el grupo insigne de los viajes en carretera, y Barry White es capaz de aumentar la natalidad de una población, Cat Stevens es el guardián por excelencia del recogimiento y la reflexión. Sigue un sistema de creencias que premia a los humildes, y en su forma de entrar en escena -sin bombos, platillos, tiempos de espera o videos introductorios- anuncia que el foco de la velada estará en la música y no en la figura de quien la interpreta. Cuando se conserva la voz y el talante de los años mozos, como el inglés lo ha hecho, los artificios se vuelven dispensables.
Las únicas diferencias entre Yusuf Islam y Cat Stevens son el nombre y las canas. Pero se trata del mismo hombre contemplativo: vulnerable porque es humano, sensato porque así lo decidió y finalmente desnudo porque no hay vestimenta que cubra las intimidades del alma que deja ver el desgarro entregado de "Miles from nowhere". La forma en que controla a su audiencia es involuntaria: nadie habla en "Sad Lisa" y todos cantan en "All you need is love", un cover de los Beatles que aterriza aun más al personaje, caricaturizado por su opción religiosa, al nivel de cualquier mortal común y corriente. Esa cercanía, lograda a punta de canciones que suenan bien hasta en la más destartalada de las guitarras, necesitaba ser reestablecida. Así fue: anoche nos devolvieron a un viejo amigo.
30.10.13
Il Volo: Inesperada brusquedad
Il Volo van a la segura. Se valen de un repertorio conspicuo al que ahogan en almíbar: desde la archiconocida “Beautiful day” de U2, favorita de concursantes en programas cazatalentos; hasta el estándar “O sole mio”, el mismo que Elvis Presley hizo suyo en “It’s now or never” inspirando luego la carrera de Barry White. No hay que escarbar mucho para empezar a notar conexiones entre filarmónicas, teatros y ópera con aquello que actualmente constituye lo popular. Los Beach Boys usaban a Bach, Queen a Leoncavallo y Phil Collins a Clementi sin hacer un escándalo al respecto. El valor de Il Volo como puente entre elementos doctos y pop sólo es una ficción promocional. Su forma de acercar géneros resulta brusca y demasiado obvia.
16.10.13
Jane's Addiction: Mejor fiesta que concierto
Entre niños, nadie quiere hacer enojar al dueño de la pelota en una pichanga. Entre adultos, nadie quiere hacer enojar al dueño del boliche. Perry Farrell tiene poder en Chile: es el Intocable Señor Lollapalooza, un festival que ha traído mucha alegría a nuestro país, pero que -no se olvide- es un negocio y no una obra de caridad. En ese sentido, Farrell está peligrosamente más cerca de ser un inversionista o un político que cualquiera de sus correligionarios en lo que él alguna vez llamó “Nación Alternativa”.
Anoche, en el Teatro Caupolicán, Jane’s Addiction tuvo que hacer poco para mantener viva la algarabía de un público que, en el mismo recinto y en pantalla gigante, vio la clasificación de Chile a Brasil 2014. Por San Diego, una caravana de autos pasaba una caravana de autos con rumbo a Plaza Italia a la misma hora en que unas 5 mil personas esperaban ansiosas que la música tribal envasada terminara para entregarse a otra celebración noble: los 25 años del fantástico “Nothing’s shocking”, uno de los discos ochenteros que supo vaticinar con mayor claridad y enjundia lo que vendría en los 90.
El grupo apareció causando delirio inmediato, pero aun así se las arregló para que su cometido fuese un tanto desilusionante. No por culpa de Dave Navarro, impecable como si tuviese un pacto con el Diablo que le impide envejecer o errar una nota en su guitarra; ni del batero Stephen Perkins, listo para tirarse a una piscina después de sudar la gota gorda en traje de baño; menos del bajista Chris Chaney, tan quitado de bulla como efectivo en su ejecución. El responsable del desliz: Perry Farrell con su voz venida a menos y esa irritante creencia rockista de que plantarse sobre un escenario a tomar tequila desde la botella lo hace ver cool a los 54 años.
Alguien debería avisarle que hasta Lemmy tuvo que detener el codo y desarrollar cierto sentido del decoro. No cualquiera puede ser como Eddie Vedder o Matt Berninger, y bajarse una botella de vino tocando sin afectar la calidad del show. Ahí es cuando Farrell deja de parecer el Douglas Tompkins del rock y recuerda un poco al Axl Rose noventero, ese tipo que –cuenta Jason Newsted- alegaba sufrir problemas vocales, pero nunca se despegaba de la champaña. Claro que en una versión mucho más digna, profesional y respetuosa hacia el público (la vara de esta comparación yace tirada en el suelo).
El bajo rendimiento de Farrell menguó las posibilidades de que este concierto, que tenía en bandeja todas las condiciones para convertirse en algo histórico, pase a los libros como uno de los imprescindibles del año. En esta pasada, Jane’s Addiction incluso estuvo lejos de su debut en el primer Lollapalooza, más valioso en cuanto a producción y tocado con un vigor que se tradujo en mejores interpretaciones del vocalista. Al contrario, esta vez la energía se le agotó dando saltos, mostrando el abdomen y contoneándose (no hay correlato entre su estado físico y su estado vocal). Seducir al público es una capacidad que nunca perderá: como serpientes encantadas, los asistentes a la fiesta estilo L.A. –aquellos que pagaron su entrada, no los numerosos invitados- seguían sus movimientos y no dejaron que nada les aguara el momento. Bien por ellos.
Lo cierto es que ni siquiera se podía presagiar lo de anoche escuchando el reciente “Jane’s Addiction Live in NYC”, un débil registro en vivo que plasma -sin mucho retoque para mérito de los firmantes- el actual pasar de la banda, posicionada como un efectivo karaoke ambulante de grandes éxitos. ¿Habrá sido un mal momento? Los últimos videos de la banda subidos por fanáticos a YouTube sugieren que no: Farrell suele ser el eslabón endeble de la cadena. El resto de sus compañeros, exceptuando al “nuevo” de Chaney” que llegó mucho después de 1990, sigue tocando como en el tercer CD de “A cabinet of curiosities”.
La segunda visita a Chile de Jane’s Addiction dejará, nuevamente, arriba la imagen de Perry Farrell como un gran entretenedor y consolidará su perfil de sujeto influyente en nuestros medios (no una sino dos radios transmitieron el evento) que vive con un traje de lentejuelas, listo para saltar al escenario, bajo su overol de obrero. Difícilmente se hablará mal de un tipo cuyo nombre se asocia a instancias tan gratas como pueden ser Lollapalooza o la clasificación a una Copa Mundial de Fútbol. Sin embargo, micrófono en mano, dejó bastante por desear: hay que hacer un esfuerzo adicional para quebrantar la energía imparable de “Ain’t no right” o “Stop!”, y lamentablemente eso fue lo que pasó. Molesta ponerse duro con una banda tan grandiosa, pero es imposible no pensar en las declaraciones de Eric Avery al presenciar en vivo a esta versión de Jane’s Addiction. El bajista original del grupo, quien se negó participar de las dos primeras reuniones y cayó a la tercera –aunque apenas por dos años- aseguraba detestar los intentos de recrear el pasado y prefería sólo rendirle honores viviendo en el presente. ¿Dónde está Avery ahora? Alejado de un proyecto que no lo satisface por motivos que, según lo visto y escuchado ayer, están saliendo naturalmente a la luz.
18.10.12
Suede: Segundo aire
En la voz de Brett Anderson hay drama, garbo y autodestrucción. El emblemático líder de Suede es un rostro familiar: su imagen ha adornado afiches de fiestas pegados en calles santiaguinas y dormitorios de fanáticos. Los mismos que llenaron anoche el Teatro Caupolican. Con "Introducing the band", el grupo favorito de la prensa británica en los 90 -hasta el surgimiento de Oasis- abrió un concierto memorable, su debut en un país que venera sus canciones, y que ya acudió en masa al show en solitario de su vocalista el año 2009.
El magnetismo de Anderson, un tipo de movimientos eléctricos muy dado a usar el micrófono como si fuera un látigo, fue el centro de atención en todo momento. Aunque conserva esa delgadísima figura que lo hizo objeto de deseo unisex, el cantante se contonea menos que en su época de oro (cuando era objeto de parodias por su desplante escénico lleno de florituras), pero compensa en profundidad vocal lo que perdió en sacudidas de cadera. Mejor así. "Trash", "We are the pigs" y "Filmstar" suenan invencibles y convincentes. Aún transmiten una angustia juvenil tan urgente que hace olvidar la incongruencia de escuchar "New generation" tocada por cuarentones.
La breve duración del concierto, que no sobrepasó la hora y media, fue el recordatorio de la edad del grupo. Muy poco para fanáticos que se hubieran quedado hasta la mañana repasando los temas de una discografía que, pese a ir empeorando progresivamente, tuvo suficientes pasajes gloriosos para justificar este segundo aire. La emocionada espectadora que burló la seguridad para besar la mejilla de Anderson, durante "The beautiful ones", selló la devoción de Chile por Suede. Y el sentimiento se hizo mutuo cuando el frontman se internó entre la audiencia para cerrar la velada con "Saturday night", entre gritos que exigían más.
Ases Falsos: Dignificar lo cotidiano
Cristóbal Briceño, el cantante y guitarrista de Ases Falsos, pide a la gente que sigue Señal Escudo desde sus computadores que “todos los que estén con una mano en los genitales, por favor, retírenla por respeto a nosotros”. La banda acaba de tocar la hermosa ‘Pacífico’, una de las canciones mejor logradas de su disco “Juventud Americana”, y la colegial exigencia del vocalista le sacó risas hasta al –siempre muy compuesto- equipo encargado de la transmisión en línea.
Esa facilidad para trasladarse de un lado a otro del espectro emocional hace de los ex Fother Muckers un grupo entrañable. En vivo, compensan las deficiencias técnicas de su álbum debut con una solidez que nos recuerda que, antes, eran otra banda. El cambio les hizo bien, eliminaron ese tufillo a rock clásico que hacía predecibles sus temas antiguos, y se abocaron a dignificar lo cotidiano mediante sus letras.
‘Séptimo cielo’ conmueve, ‘Venir es fácil’ contagia, ‘Quemando’ incita, ‘La sinceridad del cosmos’ convence. Podríamos seguir enumerando, el punto es que las canciones de Ases Falsos no son inocuas, siempre apuntan a provocar alguna reacción, y eso es lo que consiguieron. Con una porción de “Juventud Americana”, basta para despercudirse del tedio, recuperar el asombro y devolverle a la cara sus expresiones.
16.10.12
Garbage: La noche es joven
Todo el Caupolicán corea ‘Only Happy When It Rains’. En cancha, hay gente saltando mientras Shirley Manson dice que “sólo sonrío en la oscuridad, mi único confort es la noche cuando se vuelve negra”. Curioso momento, aunque la canción tampoco da para ponerse muy serio: es más bien una burla a la actitud cuidadamente depresiva del grunge que Butch Vig, sentado atrás en la batería, ayudó a fecundar para después lapidarlo con su banda tras numerosos intentos de asesinato (‘What’s Up?’ de 4 Non Blondes, ‘Mr. Jones’ de Counting Crows y un largo etcétera).
Pero, aunque sea sin querer, todos entienden la broma: Garbage también se mofan de sí mismos. “¿Quieres escuchar mi nueva obsesión? Estoy cabalgando alto sobre una gran depresión, sólo soy feliz cuando llueve”. Les queda un tema para irse a camarines y pensar en el bis. El elegido es 'Battle in me', antecedido por ‘Vow’, single debut del cuarteto y el culpable de este concierto. Antes de grabar su video promocional, la banda jamás había tocado en vivo (en un comienzo, no estaba en los planes salir de gira), y esa primera vez llegó por petición del director Samuel Bayer. Según ellos, recién ahí notaron la química que tenían en vivo, una afinidad que sólo ellos perciben dentro de un espectáculo armado con rigor marcial.
Con el grupo tras bambalinas, es el momento de recapitular. Lo vivido hasta ahora ha sido un gigantesco martillazo en la cabeza. Saiko se fue a la segura con un compendio de grandes éxitos (‘Limito con el Sol’, ‘Cuando Miro en Tus Ojos’, ‘La Fábula’ y otras) que el público recibió con los brazos abiertos, y sentó un buen precedente para su concierto de aniversario, que también será en el Caupolicán. Pasada la espera, Garbage entró pieza por pieza: Duke Erikson a la derecha, Steve Marker a la izquierda, y atrás Butch Vig. Una formación completada por el invitado a la gira de “Not Your Kind of People”, el bajista Eric Avery (retirado por segunda vez de Jane’s Addiction), y la estrella, Shirley Manson. Espléndida, la cantante entra última y desfila por unos segundos, entregada a los flashes que le llueven. “Shirley, fuck me”, se lee en el cartel de uno de sus admiradores.
‘Automatic Systematic Habit’ abre el set y los apetitos. La sigue ‘I Think I’m Paranoid’. Nada de dejar los éxitos para el final: ‘Shut Your Mouth’, ‘Why Do You Love Me’, ‘Queer’ y ‘Stupid Girl’ son desenfundadas con rapidez samurái. “La noche es nuestra, la noche es joven”, declara Manson. Sus palabras de aprecio para Chile y los gestos de sorpresa en su cara, ante la popularidad de sus canciones, son lo más natural de la noche. Ella se sabe protagonista: cuenta que vieron “Il Postino” en un bus de gira y que hasta sus compañeros lloraron, culpa a su ex sello por no dejarlos venir antes a Sudamérica, pide -medio en serio, medio en broma- que no le saquen fotos indiscretas, actúa en cada canción. Se toma la cabeza, camina en círculos, va de un lado a otro de la tarima, hace morisquetas para el deleite de los camarógrafos en las primeras filas. Y canta, canta como si creyera cada línea que sale de su boca, aunque sonríe hasta después de la sufrida ‘Cup of Coffee’.
El resto del grupo está enfrascado en reproducir ese sonido perfecto, tecnológico y cerebral que patentó en los 90. Ese rock cuyo hábitat es un estudio lleno de máquinas, perillas y cables. Que no da lugar a improvisaciones, que baja del cerebro a las manos y de las manos a Pro Tools. Pero que emociona finalmente. ‘Special’, otra favorita de la audiencia, causa nostalgia a raudales, y acaba con Shirley Manson citando ‘I Go To Sleep’ de los Kinks. Es probable que el guiño, en realidad, sea a Chrissie Hynde y la versión de The Pretenders. En fechas previas a las de Santiago, Patti Smith era la saludada con un cover de ‘Because the Night’ que acá se quedó en el tintero. Fue una de las pocas omisiones en un repertorio generoso, al que poco le faltó para convertirse en una versión en vivo del recopilatorio “Absolute Garbage”.
Para el bis, otra regresión: ‘Supervixen’, la apertura del homónimo disco debut, muy agradecida por los que conocieron al cuarteto cuando su nombre era una novedad que compartía fama con The Cardigans y The Cranberries. Luego de ‘I Hate Love’, y como ya se ha hecho costumbre en esta gira, un pedido del público, plaza peleada entre ‘Bad boyfriend’ y la vencedora ‘Milk’, entonada por ese personaje perturbado que a Manson tanto le gusta encarnar (la misma hablante de ‘Control’, ‘#1 Crush’ y ‘Hammering in My Head’, tocadas en la primera parte del show). Inevitable, el cierre llegó con ‘You Look So Fine’ y la certeza de que Garbage disfrutó su estadía en Chile lo suficiente como para volver. Éste es un idilio en ciernes.
13.10.12
Gloria Simonetti: Correr riesgos
"Soy como las píldoras Ross: chiquitita, pero cumplidora", le explica Gloria Simonetti a los de atrás. Metida entre el público del Teatro Cultural Las Condes, la solista apenas se ve, pero desea burlar la jerarquía que impone la tarima y estar a la altura del público que llegó al lanzamiento de "Gente grande". Es una cita íntima, literalmente. Cuando Ginette Acevedo es invitada, para interpretar el rediseño en bachata de "No quiero ser", sube desde una butaca, y apenas termina su aporte, vuelve a sentarse en la primera fila donde también está Buddy Richard. Su tema "Por ti" ahora es un bossa nova, porque ésa es la tónica del último disco de Simonetti, que desarma clásicos locales para luego ensamblarlos con nuevas formas y arreglos.
Ella permanece en el personaje que Chile conoce, esa cancionista que siempre quiere emocionar, pero en la presentación en vivo de "Gente grande" apuesta como pocas veces en su extensa carrera, arriesgándose a ofender a los puristas que usualmente complace. Bien hecho. No siempre está asegurado que resulte a la perfección, sin embargo, las veces en que funciona puede arrancar los aplausos de una audiencia sorprendida y que celebra de forma espontánea la audacia de "Baño de mar a medianoche" de Cecilia con swing jazzero, o que se sobrecoge con la versión orquestada de “Entreparéntesis” de Nino García. Las caras de los homenajeados, cómplices de Gloria Simonetti durante su vida artística en algunos casos, fueron pasando por la pantalla: Luis Advis, Patricio Manns, Eduardo Gatti, Violeta Parra y Fernando Ubiergo, entre otros. Mención especial se llevó el maestro Vicente Bianchi, ausente de la velada, antes de “Poema XV”; aunque lo cierto es que todos los covers fueron objeto de un detallado prólogo. Había tiempo para hacerlo, así como una banda que justificaba la posterior entrega de cada canción, con músicos de prestigio como el acordeonista
Ignacio Hernández y el contrabajista Christián Galvez, uno de los dos productores de “Gente grande” junto al arreglista René Calderón. Aclamada hacia el final, una agradecida Simonetti promete lo que su constante actividad discográfica advierte hace años: “voy a seguir trabajando siempre”.
7.10.12
Marc Anthony y Chayanne: Cálido y frío
Vienen de escuelas distintas. Uno presume de su voz; el otro, de sus coreografías. Marc Anthony, el primero en salir, aborda con ortodoxia el oficio de cautivar multitudes cantando. Sus pulmones y su garganta bastan para dejar pasmado a cualquiera, y la banda que lo acompaña no sabe de errores. La vitalidad del repertorio que ofrece el neoyorquino, básicamente lo mismo que presentó en Viña este verano, hace olvidar la pobreza de la escenografía, cuya avaricia no debiera ser pasada por alto: "Gigante2" prometía espectacularidad visual y quedó al debe. Sin ir más lejos, los nacionales Américo y Luis Jara mostraron mayor preocupación al respecto en su show conjunto.
"Hasta ayer", "Valió la pena", "Vivir lo nuestro" y "Te conozco bien", entre otros hits archiconocidos, alteraron el termostato de la gélida noche santiaguina, y dejaron todo listo para que Chayanne se luciera. Pero el boricua dejó ver su talón de Aquiles de inmediato: la pista grabada en "Boom boom" era demasiado evidente. El reclamo podrá sonar añejo, pero lo mínimo que se le puede exigir a un ídolo como él es que no sea tan obvio y encubra mejor sus deficiencias. Ya no basta con tener bailarines guapos, estamos en 2012, y hablamos sobre un tipo que sobrepasa las tres décadas de experiencia en las tablas. Un súbito corte en el sonido terminó por arruinar los primeros minutos del solista, perdonado por fans que ni siquiera se inmutaron por la impresentable falla técnica.
En las baladas, Chayanne prueba que su ineptitud vocal se remite a lo bailable, como aclaró una digna interpretación de "Y tú te vas". El problema: Marc Anthony volvió para compartir "Un siglo sin ti", y sin querer, hacer que su colega pareciera un aprendiz. Inexplicable, el apagón -solucionado varios minutos después- de las tacañas pantallas dispuestas al lado del escenario empobreció lo que, desde un comienzo, se veía precario. "Gigante2", para los optimistas, permitió que dos talentos opuestos se complementaran. Una pequeña cuota de perspicacia cambia el diagnóstico: se trató de una cita desilusionante, en la que un virtuoso del canto tuvo que nivelar hacia abajo, mientras su contraparte nunca pudo hacerle el peso.
1.10.12
Blonde Redhead: Carrera con obstáculos
No estaba cómoda Kazu Makino. Los problemas de retorno aguaron los primeros minutos de Blonde Redhead en Chile, y la cantante del grupo lo hizo notar. El empalme neoyorquino, perfeccionista hasta la crispación, se lleva pésimo con los errores porque está poco acostumbrado a fallar. Aunque, de no ser por la mención, casi nadie hubiese advertido el contratiempo: la memoria muscular de la vocalista hizo que el apuro pasara desapercibido. Fue sólo una de sus muestras de clase, porte y gracia; Makino rompe la simetría estética en Blonde Redhead, la de ver en acción a los idénticos hermanos Pace, pero cohesiona el resto con el oficio que dan 19 años tocando en vivo.
Poco importó el contratiempo de audio. Lo que sí pesó fue el tonelaje de las canciones del trío, extraídas principalmente de sus últimos discos, "Penny Sparkle", "23" y "Misery Is a Butterfly"; controversiales entre fanáticos conocedores por el progresivo redondeo de bordes sonoros que en los 90 solían ser afilados. Más allá de las odiosas comparaciones con ese pasado, regido por limitantes preceptos del shoegaze y el dream pop, Blonde Redhead defiende sus temas recientes con justa razón: tienen la sustancia necesaria para justificar un show en que la música habla por sí misma y no deja mucho por explicar.
Vaporosa, 'Love or Prison' empezó a tejer la telaraña en la que el trío, del que sólo se veían siluetas en un comienzo, capturó a La Cúpula. Las inquietantes 'Falling Man' y 'Oslo' antecedieron al golpe de gracia, 'Spring and by Summer Fall', cuya guitarra debe seguir tan atascada en las cabezas de los que estaban ahí como el cencerro de 'Dr. Strangeluv' y el tarareo de '23'. Acuoso a ratos, humiento cada otro tanto y siempre aturdidor. Así fue el debut de Blonde Redhead en nuestro país, cerrado con disculpas por el problema técnico del inicio, y 'Equus' para desequilibrar la balanza a favor suyo y olvidar de una buena vez los baches. Prueba superada. El sabor de boca al final: dulce como la voz de Kazu Makino.
Los Hermanos Zabaleta: Hágase el malón
El temple de los Zabaleta hace buen juego con una tarde dominical. Serenos, con ese relajo propio del que ya no le prueba nada a nadie, bromean apenas suben al escenario de Casapiedra, sin haber tocado una sola canción. "Mi hermano es el suegro de Chile", dice Miguel apuntando a Antonio. "Tú eres el tío de Chile", responde el aludido, antes de empezar con "Esperándote", parte del disco "Reencuentro", una de las últimas producciones firmadas por los también ex miembros de Los Red Juniors y Los Bric a Brac.
"Hagan de cuenta que están en un malón", piden Los Hermanos Zabaleta. Ellos ponen la música: una mezcla de su repertorio histórico y covers de la época en que las fiestas arrancaban con luz de día. Por supuesto, predomina Elvis en la segunda selección con un medley que incluye "All shook up", "Jailhouse rock" y "Hound dog". También hay cabida para "Popotitos" de Los Teen Pops, "Pretty blue eyes" de Steve Lawrence y "Oh! Carol" de Neil Sedaka. Todas dedicadas a "esta juventud que nos acompaña", como llaman entre risas al público.
Vestidos de rojo, como en su mejor época -aunque con camisas y no con chalecos-, Los Hermanos Zabaleta ahora se autodenominan "Los Red Seniors". Nada de lo que sale de sus bocas es muy en serio, salvo lo que cantan. Ahí es cuando hablan con autoridad porque su bodega de éxitos es inmensa. "Solo he quedado", "A tu recuerdo", "Piensa", "Al pasar esa edad" y "Te vas quedando sola" son interpretadas con dos guitarras, contrabajo, batería, teclados y un par de coristas. Suficiente para complacer a una audiencia que venía dispuesta a celebrar medio siglo de música y nostalgia por la inocencia perdida.
"Hagan de cuenta que están en un malón", piden Los Hermanos Zabaleta. Ellos ponen la música: una mezcla de su repertorio histórico y covers de la época en que las fiestas arrancaban con luz de día. Por supuesto, predomina Elvis en la segunda selección con un medley que incluye "All shook up", "Jailhouse rock" y "Hound dog". También hay cabida para "Popotitos" de Los Teen Pops, "Pretty blue eyes" de Steve Lawrence y "Oh! Carol" de Neil Sedaka. Todas dedicadas a "esta juventud que nos acompaña", como llaman entre risas al público.
Vestidos de rojo, como en su mejor época -aunque con camisas y no con chalecos-, Los Hermanos Zabaleta ahora se autodenominan "Los Red Seniors". Nada de lo que sale de sus bocas es muy en serio, salvo lo que cantan. Ahí es cuando hablan con autoridad porque su bodega de éxitos es inmensa. "Solo he quedado", "A tu recuerdo", "Piensa", "Al pasar esa edad" y "Te vas quedando sola" son interpretadas con dos guitarras, contrabajo, batería, teclados y un par de coristas. Suficiente para complacer a una audiencia que venía dispuesta a celebrar medio siglo de música y nostalgia por la inocencia perdida.
25.9.12
La Big Rabia: Viriles antes que pueriles
Lo fácil sería decir que La Big Rabia perdió ese impulso inicial que lleva en su nombre, la furia que dominaba su primer EP, aptamente titulado "La bestia", y que en este momento el dúo está domesticado. De lo social a lo amoroso, de la contingencia pública a la privada, Sebastián Orellana e Iván Molina cambiaron de tópicos, y por ende su música también fue transformada.
Pero eso es reducir los hechos. Durante su presentación en Señal Escudo, las canciones de "Congo zandor", el primer larga duración de esta pareja de guitarra y batería -apoyada en vivo por el tecladista Daniel Baeza-, matizaron lo que de otra forma hubiese sido más aguerrido, aunque también más parejo y plano. La diferencia aflora de inmediato: si antes los conciertos de La Big Rabia empezaban con 'Nuevo discurso rabioso' (una diatriba), ahora parten con 'Somos dos' (una bienvenida).
Distintas entre sí, las dos placas del tándem hacen un excelente conjunto cuando se alternan sus canciones, como ocurrió la noche del miércoles 12 de septiembre en Onaciú. 'El bonita' funciona al lado de 'Oh! María'; 'El supremo' junto a 'Nenita, yo realmente te amo', y 'Canción de amor' pegada a 'Dios'. Canciones que emergen desde la molestia, desde la incomodidad. Viriles antes que pueriles, Orellana y Molina enarbolan el estandarte del rock como terapia, como sahumerio para ahuyentar los demonios, y de paso, despertar una que otra conciencia dormida.
1.9.12
Luis Jara y Américo: Telerrealidad
Ya no existe separación, si es que alguna vez la hubo, entre música y farándula cuando se trata de Luis Jara. Esa doble militancia, como cantante y animador televisivo, dejó de ser una contradicción en su carrera, para convertirse en elemento definitorio. Américo es un aprendiz del mismo oficio, y comparte con Jara el desdén por los términos excluyentes, la creencia de que se pueden llevar a cabo ambas actividades sin mayor problema.
Presentado por Leo Caprile, el dúo sube a la tarima tras otra introducción, un video editado a la usanza reality show: percusiones bombásticas e imágenes de backstage en blanco y negro. Ambas figuras cantan a dúo las primeras dos canciones: la salsa "Murió la flor" y la balada "Dos corazones rotos", que le da nombre a este fastuoso espectáculo. Sus estilos combinan, el protagonismo se reparte equitativamente, los egos permanecen bajo control. Funciona.
Entonces, Américo le deja el escenario al restaurado Luis Jara. Números fijos como "Un golpe de suerte", "Ámame" y "No sé olvidarte" salen desde su garganta como bombas de largo alcance. Contundencia opacada, en parte, por un lamentable apego a los arreglos de saxofón de la escuela Kenny G. El cambio de mando le otorga el poder sobre un repleto Movistar Arena al próspero Américo. "Entre el odio y el amor", "Que levante la mano" y "Te vas" adornan el sólido segmento del nortino, cuya única mancha es una pequeña merma de soltura producto de su aspiracional fijación en mostrarse glamoroso. Con más aciertos que fallas, en balance, la gira "Dos corazones rotos" augura una nueva temporada de éxito para esta millonaria alianza de artistas, rostros, voces y, finalmente, comunicadores de masas.
Presentado por Leo Caprile, el dúo sube a la tarima tras otra introducción, un video editado a la usanza reality show: percusiones bombásticas e imágenes de backstage en blanco y negro. Ambas figuras cantan a dúo las primeras dos canciones: la salsa "Murió la flor" y la balada "Dos corazones rotos", que le da nombre a este fastuoso espectáculo. Sus estilos combinan, el protagonismo se reparte equitativamente, los egos permanecen bajo control. Funciona.
Entonces, Américo le deja el escenario al restaurado Luis Jara. Números fijos como "Un golpe de suerte", "Ámame" y "No sé olvidarte" salen desde su garganta como bombas de largo alcance. Contundencia opacada, en parte, por un lamentable apego a los arreglos de saxofón de la escuela Kenny G. El cambio de mando le otorga el poder sobre un repleto Movistar Arena al próspero Américo. "Entre el odio y el amor", "Que levante la mano" y "Te vas" adornan el sólido segmento del nortino, cuya única mancha es una pequeña merma de soltura producto de su aspiracional fijación en mostrarse glamoroso. Con más aciertos que fallas, en balance, la gira "Dos corazones rotos" augura una nueva temporada de éxito para esta millonaria alianza de artistas, rostros, voces y, finalmente, comunicadores de masas.
Blank Tiger: En construcción
La curiosidad mató al gato, pero también llenó Bar Loreto, nuevo punto clave para el socialité musical santiaguino tras el enquistamiento de bandas tributo –el cáncer del rock- en La Batuta. Como atracción principal, Blank Tiger, el proyecto de Benito, hijo de Gustavo Cerati y Cecilia Amenábar nacido en Chile, pero criado en Argentina. Para recibirlo de vuelta en Santiago, se echó mano a un despliegue de auspiciadores y medios asociados que ni el más optimista debutante podría soñar. Un exceso: no hubo algún single o hito sonoro que justificara este evento, basado únicamente en un apellido glorioso y, todo sea dicho, el morbo que lo rodea desde ese desafortunado accidente cardiovascular ocurrido en Venezuela.
De punta en blanco, el aspecto de Benito Cerati –espigado, eléctrico y distante- recuerda a Bowie, y también a referentes más actuales, como el andrógino Patrick Wolf. Su propuesta es un montón de bocetos para voz, guitarra y programaciones. “Pop deforme” la define el joven cantautor, aunque es una nomenclatura defectuosa: para perder la forma, primero hay que encontrarla, y se nota que Blank Tiger todavía no lo hace. Los títulos propios, como “Dizzy”, “(Me gustaría) verte desaparecer” o “Cute little pink killer bunny”, carecen de gancho, aunque exhiben la determinación de un vástago que no quiere colgarse –al menos musicalmente- de su padre. Es más, la receta da indicios de cuajar en la bailable “This song is missing (your voice)”. Pero falta desarrollo del material propio, y seguir rellenando con dispensables covers de Massive Attack (“Angel”), David Bowie (“Battle for Britain (the letter)”) y Portishead (“It’s a fire”) no ayudará mucho si lo que Cerati desea es edificar una carrera seria. Para ver a niños haciendo música como pasatiempo, suficiente hay en YouTube.
29.8.12
Maroon 5: Mariscal de campo
Según Adam Levine, entrevistado por el siempre controvertido Howard Stern, su participación en el reality show buscatalentos “The Voice” ha sido un espaldarazo a la credibilidad de Maroon 5. Para el cotizado frontman, la gran ventaja de aparecer en televisión es probar ante las cámaras que “de verdad sabe cantar”. No deja de ser curioso que Levine, a sus 33 años, esté dando la misma pelea que los imberbes Justin Bieber y Joe Jonas, quienes dedican un segmento de sus conciertos a mostrar que no dependen de ese ardid llamado Auto-Tune (el criticado software que corrige imperfecciones vocales, y que se ha convertido en la droga de los desafinados).
Pero la batalla está perdida de antemano; quizás desde el momento en que el grupo dejó de sonar como tal, y empezó a difuminarse tras los artilugios de productores mercenarios, o tal vez cuando su líder se dio cuenta de que podía ser un símbolo sexual. En vivo, la principal misión de Adam Levine es erotizar a sus fanáticas, transportarlas a un lugar donde ellas son la reina de la graduación, y él es el mariscal de campo del equipo de fútbol americano. En versión sensible, claro: una que puede cantar "She will be loved" acústica como en fogata playera.
Maroon 5 no es más que la banda de apoyo de un astro pop demasiado inteligente para lanzarse como solista -tiene todas las de perder contra un batallón de tipos más jóvenes-, que intenta camuflarse de rockero entre tatuajes y endebles solos de guitarra ("Wipe your eyes", "Wake up call"). La única forma de tragarse este cuento es teniendo como parámetro de rudeza a One Direction: ahí sí que Levine queda a la altura de Lemmy Kilmister de Motörhead. El efecto deseado por los responsables del plástico "Overexposed" sólo se consigue bajando la vara de medición. Caso ilustre: "Moves like Jagger", que parece una obra de arte al lado de cualquier single de David Guetta, pero luce como el Ecce Homo restaurado cuando se abren bien los ojos.
Pero la batalla está perdida de antemano; quizás desde el momento en que el grupo dejó de sonar como tal, y empezó a difuminarse tras los artilugios de productores mercenarios, o tal vez cuando su líder se dio cuenta de que podía ser un símbolo sexual. En vivo, la principal misión de Adam Levine es erotizar a sus fanáticas, transportarlas a un lugar donde ellas son la reina de la graduación, y él es el mariscal de campo del equipo de fútbol americano. En versión sensible, claro: una que puede cantar "She will be loved" acústica como en fogata playera.
Maroon 5 no es más que la banda de apoyo de un astro pop demasiado inteligente para lanzarse como solista -tiene todas las de perder contra un batallón de tipos más jóvenes-, que intenta camuflarse de rockero entre tatuajes y endebles solos de guitarra ("Wipe your eyes", "Wake up call"). La única forma de tragarse este cuento es teniendo como parámetro de rudeza a One Direction: ahí sí que Levine queda a la altura de Lemmy Kilmister de Motörhead. El efecto deseado por los responsables del plástico "Overexposed" sólo se consigue bajando la vara de medición. Caso ilustre: "Moves like Jagger", que parece una obra de arte al lado de cualquier single de David Guetta, pero luce como el Ecce Homo restaurado cuando se abren bien los ojos.
6.8.12
Surfin Caramba: Hombres trabajando
Cuando, hace algunos meses, los principales diarios del país dedicaban notas a los músicos chilenos que tocaban por el mundo, su peor omisión fue Surfin Caramba. En marzo pasado, el trío tocó en el encuentro londinense Bedlam Breakout (una reputada cumbre mundial de rockabilly y psychobilly), ante un público deseoso de saber cómo sonaban los invitados que venían desde más lejos. La atención se repite desde Puente Alto (en el Club Babilon tuvieron una jornada accidentada, pero de memorable final) hasta Berlín (donde está disponible "Navegando la tormenta" vía Crazy Love Records, el sello que también edita a Voodoo Zombie).
Surfin Caramba sobrepasa las barreras del nicho en que nació. En Señal Escudo, vimos cómo el grupo continúa haciendo suya "Arriba en la cordillera" de Pato Manns, a la vez que sus nuevos temas se sacan las caretas psychobilly para mostrarse a rostro descubierto: más realidad y menos ficción. 666, la voz cantante y pluma compositora al mando, está empujando a Surfin Caramba fuera de sus fronteras y lejos de las limitaciones de estilo presentes en los lanzamientos amateur de su primera etapa (2001 a 2004).
Pero, al mismo tiempo en que se escapan de los estándares actuales del psychobilly, apelando a sus raíces, Surfin Caramba es uno de los bastiones de esa pequeña escena en Santiago. No sólo animando tocatas junto a The Infiernos o Kaníbales Surf Combo, sino organizando citas como el Primer Festival Psychobilly de Santiago (con bandas internacionales y venta de merchandising). En vez de maquillarse, usan overol y operan como hormigas obreras para reforzar y expandir el circuito al que pertenecen. Loable.
Surfin Caramba sobrepasa las barreras del nicho en que nació. En Señal Escudo, vimos cómo el grupo continúa haciendo suya "Arriba en la cordillera" de Pato Manns, a la vez que sus nuevos temas se sacan las caretas psychobilly para mostrarse a rostro descubierto: más realidad y menos ficción. 666, la voz cantante y pluma compositora al mando, está empujando a Surfin Caramba fuera de sus fronteras y lejos de las limitaciones de estilo presentes en los lanzamientos amateur de su primera etapa (2001 a 2004).
Pero, al mismo tiempo en que se escapan de los estándares actuales del psychobilly, apelando a sus raíces, Surfin Caramba es uno de los bastiones de esa pequeña escena en Santiago. No sólo animando tocatas junto a The Infiernos o Kaníbales Surf Combo, sino organizando citas como el Primer Festival Psychobilly de Santiago (con bandas internacionales y venta de merchandising). En vez de maquillarse, usan overol y operan como hormigas obreras para reforzar y expandir el circuito al que pertenecen. Loable.
23.7.12
Milodonte: No ser autómatas
La música de Milodonte inhala con mucha profundidad. El cuarteto exige una especial predisposición, pide que se aprecie el valor contemplativo de sus canciones. Pero ni hablar de languidez, porque el aire más bien se tensa con sus canciones, que no sirven para inyectarse energía electrizante, aunque de todas maneras pueden terminar crispando los nervios cuando el grupo exhala.
Hay tensión en los temas de “Subsuelo”, el disco que sonó casi íntegro en este episodio de Rockaxis TV, uno de los más demandantes de esta temporada, estelarizado por una banda nueva y un tanto hostil al facilismo. A modo de prefacio: el estruendo guitarrero de Milodonte, y sus pasajes instrumentales, se disfrutan más en pleno conocimiento del legado de héroes como Sonic Youth y Trans Am.
Que haya un grupo chileno, formado por veinteañeros, reclamando para sí este tipo de sonido -asociable al post rock y al ansia melódica del college rock-, no es más que una respuesta a la era de inmediatez. Si todos corren a mil por hora, y andan buscando compensaciones rápidas, Milodonte suelta el acelerador y transita a su propio ritmo. Es una decisión consciente y plausible: no ser autómatas.
Los que se animen a invertir tiempo y paciencia en esta banda, cuya actual impronta es una novedad (hace un par de años debutaron con un disco disperso y carente de personalidad, llamado “Guía para los animales), serán retribuidos al descubrir la riqueza de ‘Otras especies’, ‘Así se formaron las rocas’, ‘Fisuras’ y los otros cortes de “Subsuelo” presentados en la sesión. Descubrir a músicos mientras ellos se descubren a sí mismos nunca pasará de moda.
Hay tensión en los temas de “Subsuelo”, el disco que sonó casi íntegro en este episodio de Rockaxis TV, uno de los más demandantes de esta temporada, estelarizado por una banda nueva y un tanto hostil al facilismo. A modo de prefacio: el estruendo guitarrero de Milodonte, y sus pasajes instrumentales, se disfrutan más en pleno conocimiento del legado de héroes como Sonic Youth y Trans Am.
Que haya un grupo chileno, formado por veinteañeros, reclamando para sí este tipo de sonido -asociable al post rock y al ansia melódica del college rock-, no es más que una respuesta a la era de inmediatez. Si todos corren a mil por hora, y andan buscando compensaciones rápidas, Milodonte suelta el acelerador y transita a su propio ritmo. Es una decisión consciente y plausible: no ser autómatas.
Los que se animen a invertir tiempo y paciencia en esta banda, cuya actual impronta es una novedad (hace un par de años debutaron con un disco disperso y carente de personalidad, llamado “Guía para los animales), serán retribuidos al descubrir la riqueza de ‘Otras especies’, ‘Así se formaron las rocas’, ‘Fisuras’ y los otros cortes de “Subsuelo” presentados en la sesión. Descubrir a músicos mientras ellos se descubren a sí mismos nunca pasará de moda.
8.7.12
Vicente Fernández: Jefe de jefes
Dice que sólo le tuvo miedo a la muerte una vez: cuando a los 36 años temió partir de este mundo tan joven como Jorge Negrete, Javier Solís o Pedro Infante. El "Cuarto Gallo de México" estaba totalmente equivocado, porque ese momento sólo marcaría la mitad de su camino. 36 años después, Vicente Fernández sigue tan vivo que todavía atraviesa nuevas experiencias. Santiago de Chile, donde nunca antes se había presentado, lo recibe con inaudito fervor y un Movistar Arena repleto de punta a cabo por adultos, jóvenes y más imitadores que tipos con jopo en concierto de Morrissey. Atuendo mariachi y pistola al cinturón, el Frank Sinatra de la ranchera -apodo que le dio el diario Houston Chronicle a comienzos de los 90- vino a ponerse al día con un país que asimila mejor su música que el folklore patrio.
La comentada despedida de "Chente" es un acto de orgullo y gallardía digno de sus personajes en películas. El ídolo azteca prefiere dejar de dar conciertos antes de que su garganta lo dictamine, porque se niega a ser visto en decadencia o mostrando signo alguno de agotamiento. Vicente Fernández jamás apela a la compasión para despertar simpatías, primero muerto que patético. Su voz es una fuerza de la naturaleza, firme cual roble, a veces violenta como un choque de placas tectónicas. "Por tu maldito amor", "A mi manera", "Ojalá que te vaya bonito" y "Me cansé de rogarte" brotan desde los pulmones del septuagenario solista en una extensa procesión de canciones archifamosas. El de Jalisco entrega todo lo que tiene: grita, suda, llora, bebe, fuma, ruge, susurra y también declama su inmortal consigna, esa que reza "mientras ustedes sigan aplaudiendo, yo seguiré cantando".
Con una banda de excepcionales mariachis (mención especial a Enrique Cortés en el requinto), Fernández desplegó sus dotes sin problemas salvo unos molestos acoples durante la intervención de su hijo Vicente, un intermedio de 15 minutos que resultó decidor sin querer. Al mayor de los "potrillos" (así llama el astro a su descendencia, aunque ya son hombres cuarentones como el conocido Alejandro), no le da la talla para salir de la sombra de su padre y su cometido fue discreto. Una voz de alerta imposible de ignorar: ¿qué pasará con la ranchera cuando su rey deje de existir? La pregunta queda en el aire, pero -al iniciar la tercera hora de concierto- Fernández la responde como si leyera la mente. "No se preocupen, apenas estoy calentando la garganta", asegura rebosante de picardía y testosterona, frunciendo sus cejas hirsutas al esbozar una sonrisa ancha. Acto seguido, "Guadalajara" y "Yo vendo unos ojos negros" y "Volver volver" y "México lindo y querido" y el recinto que ya se venía abajo. Un adiós literalmente a lo grande: tres horas exactas de gloria. Nada que envidiarle a las maratones de Bruce Springsteen.
La comentada despedida de "Chente" es un acto de orgullo y gallardía digno de sus personajes en películas. El ídolo azteca prefiere dejar de dar conciertos antes de que su garganta lo dictamine, porque se niega a ser visto en decadencia o mostrando signo alguno de agotamiento. Vicente Fernández jamás apela a la compasión para despertar simpatías, primero muerto que patético. Su voz es una fuerza de la naturaleza, firme cual roble, a veces violenta como un choque de placas tectónicas. "Por tu maldito amor", "A mi manera", "Ojalá que te vaya bonito" y "Me cansé de rogarte" brotan desde los pulmones del septuagenario solista en una extensa procesión de canciones archifamosas. El de Jalisco entrega todo lo que tiene: grita, suda, llora, bebe, fuma, ruge, susurra y también declama su inmortal consigna, esa que reza "mientras ustedes sigan aplaudiendo, yo seguiré cantando".
Con una banda de excepcionales mariachis (mención especial a Enrique Cortés en el requinto), Fernández desplegó sus dotes sin problemas salvo unos molestos acoples durante la intervención de su hijo Vicente, un intermedio de 15 minutos que resultó decidor sin querer. Al mayor de los "potrillos" (así llama el astro a su descendencia, aunque ya son hombres cuarentones como el conocido Alejandro), no le da la talla para salir de la sombra de su padre y su cometido fue discreto. Una voz de alerta imposible de ignorar: ¿qué pasará con la ranchera cuando su rey deje de existir? La pregunta queda en el aire, pero -al iniciar la tercera hora de concierto- Fernández la responde como si leyera la mente. "No se preocupen, apenas estoy calentando la garganta", asegura rebosante de picardía y testosterona, frunciendo sus cejas hirsutas al esbozar una sonrisa ancha. Acto seguido, "Guadalajara" y "Yo vendo unos ojos negros" y "Volver volver" y "México lindo y querido" y el recinto que ya se venía abajo. Un adiós literalmente a lo grande: tres horas exactas de gloria. Nada que envidiarle a las maratones de Bruce Springsteen.
3.7.12
Tenemos Explosivos: Escupir fuego
Pasa rastreando a los grupos que aparecen en el libro "Prueba de sonido" del periodista David Ponce, buscando material en vivo de los míticos Tobías Alcayota, o intentando bajar un tema tan conocido como "Lucero" de Anachena. Encontrar material chileno en internet, da lo mismo si está dentro o fuera del radar comercial, siempre es más complicado que dar con el paradero de la banda de moda en Brooklyn, e incluso con exponentes de la vanguardia alemana de los 70.
YouTube es un gran ejemplo: no están en una calidad medianamente aceptable "Collide" de Criminal, ni "La fiesta eres tú" de Inti Illimani. Demonios, ni siquiera "No quiero verte así" de Alejandro de Rosas. ¿Y por qué tan larga introducción para hablar del post hardcore de Tenemos Explosivos? Porque Rockaxis TV, sin ser la panacea de este problema que aqueja al circuito local, es el aporte de este medio para sanar esa herida; el tremendo vacío histórico en nuestros archivos. Porque Tenemos Explosivos es la banda dueña del mejor disco nacional de este año, el incendiario "Derrumbe y celebración", y contar con este registro audiovisual es un privilegio que representa un avance respecto a épocas pasadas. Un regalo, en términos de Congreso, para los arqueólogos del futuro.
Pero no es necesario que pase el tiempo para valorar lo que captaron las cámaras de Rockaxis, el miércoles pasado en Onaciu. En el aquí y el ahora, el quinteto que encabeza Eduardo Pavez es una apasionante bestia que escupe ideas que arden. Sólo por su forma, enérgica, impredecible y perfecta en ejecución, las canciones de Tenemos Explosivos piden literalmente a gritos que se les aprecie. Una vez dado el primer paso, viene el fondo: darse cuenta de que hay horas de lectura, reflexión y dolor tras letras como "Cuerpo al aire" o "La renuncia del hermeneuta"; dos recordatorios sobre el dolor de los postergados y la verdad sobre los poderosos (ninguno llega donde está siendo una buena persona).
"Decimos basta ya a toda esta mierda que nos quieren hacer comer", reza uno de los numerosos sampleos que el grupo usó durante su extensa presentación, que sobrepasó con creces los cerca de 40 minutos que la banda suele tocar en sus recomendables conciertos. La frase usada comprime lo que transmite este híbrido con sangre de Asamblea Internacional Del Fuego y Criacuervos, entre otros donantes (para más detalles, revisar las intervenciones de Pancho Reinoso en el video). Tenemos Explosivos existe porque es necesario que así sea; cuando los panfletos ya no bastan, urgen razones de peso para seguir rebelándose, y en estas canciones abundan.
YouTube es un gran ejemplo: no están en una calidad medianamente aceptable "Collide" de Criminal, ni "La fiesta eres tú" de Inti Illimani. Demonios, ni siquiera "No quiero verte así" de Alejandro de Rosas. ¿Y por qué tan larga introducción para hablar del post hardcore de Tenemos Explosivos? Porque Rockaxis TV, sin ser la panacea de este problema que aqueja al circuito local, es el aporte de este medio para sanar esa herida; el tremendo vacío histórico en nuestros archivos. Porque Tenemos Explosivos es la banda dueña del mejor disco nacional de este año, el incendiario "Derrumbe y celebración", y contar con este registro audiovisual es un privilegio que representa un avance respecto a épocas pasadas. Un regalo, en términos de Congreso, para los arqueólogos del futuro.
Pero no es necesario que pase el tiempo para valorar lo que captaron las cámaras de Rockaxis, el miércoles pasado en Onaciu. En el aquí y el ahora, el quinteto que encabeza Eduardo Pavez es una apasionante bestia que escupe ideas que arden. Sólo por su forma, enérgica, impredecible y perfecta en ejecución, las canciones de Tenemos Explosivos piden literalmente a gritos que se les aprecie. Una vez dado el primer paso, viene el fondo: darse cuenta de que hay horas de lectura, reflexión y dolor tras letras como "Cuerpo al aire" o "La renuncia del hermeneuta"; dos recordatorios sobre el dolor de los postergados y la verdad sobre los poderosos (ninguno llega donde está siendo una buena persona).
"Decimos basta ya a toda esta mierda que nos quieren hacer comer", reza uno de los numerosos sampleos que el grupo usó durante su extensa presentación, que sobrepasó con creces los cerca de 40 minutos que la banda suele tocar en sus recomendables conciertos. La frase usada comprime lo que transmite este híbrido con sangre de Asamblea Internacional Del Fuego y Criacuervos, entre otros donantes (para más detalles, revisar las intervenciones de Pancho Reinoso en el video). Tenemos Explosivos existe porque es necesario que así sea; cuando los panfletos ya no bastan, urgen razones de peso para seguir rebelándose, y en estas canciones abundan.
23.6.12
Leo Dan: Mensajes multimedia
La promesa de nostalgia quedó cumplida antes de que el número principal tomara el micrófono. Con una hora de clásicos, Lucho Muñoz, voz de Los Galos, fue el encargado de abrir los fuegos y pavimentar un caluroso recibimiento para Leo Dan. Aunque el favor no hacía falta. Una cortísima versión de "Te he prometido", a modo de entrada, le bastó al prolífico cantautor argentino para dominar la acción. De ahí en más, la velada fue suya. En pocos minutos, tenía a cuatro de sus fans sobre el escenario, en una especie de rutina humorística que incluyó menciones a su calvicie y a la recesión. "Antes tenía 10 coristas, ahora sólo traje tres", comentó.
Bonachón como tío en asado familiar, el trasandino continuó bromeando entre gemas del recuerdo del calibre de "Cómo poder saber si te amo", "Libre, solterito y sin nadie", "Estelita" y "Cómo te extraño mi amor". Ni siquiera Lugo se salvó de sus observaciones, entre las que incluyó una autocrítica a su frustrado intento político -apoyado por Menem-, cuando postuló a gobernador de Santiago del Estero, su tierra natal. Ese carácter provinciano, que ni los millones de discos vendidos pudieron borrar, es justamente lo que hace tan añorable a Leo Dan y sus composiciones, pedestres y de melodías simples.
Amparada en esa sencillez está el legado de uno de los primeros ídolos multimedia de Latinoamérica. Discos, películas, programas de radio y TV, e incluso libros de autoayuda (uno bajo el curioso título de "Las curaciones milagrosas de Leo Dan") componen parte de su enorme prontuario, influyente en una escala que aún resulta imposible mesurar. Leopoldo Dante Tévez, su nombre real, es el tipo al que Leonardo Favio imitaba poco antes de convertirse él mismo en una estrella; al que los mexicanos Café Tacuba tributan y hasta el dúo electrónico neoyorquino Ratatat aplaude. El exacerbado proselitismo religioso del solista, creciente en la medida que avanzaba el reloj, fue una de las pocas manchas en un concierto que jugó a ganador desde el comienzo, pero sobran argumentos para dejar pasar esa falta, así como el mediocre cometido de sus músicos acompañantes. Leo Dan se ganó la impunidad vitalicia hace décadas.
Bonachón como tío en asado familiar, el trasandino continuó bromeando entre gemas del recuerdo del calibre de "Cómo poder saber si te amo", "Libre, solterito y sin nadie", "Estelita" y "Cómo te extraño mi amor". Ni siquiera Lugo se salvó de sus observaciones, entre las que incluyó una autocrítica a su frustrado intento político -apoyado por Menem-, cuando postuló a gobernador de Santiago del Estero, su tierra natal. Ese carácter provinciano, que ni los millones de discos vendidos pudieron borrar, es justamente lo que hace tan añorable a Leo Dan y sus composiciones, pedestres y de melodías simples.
Amparada en esa sencillez está el legado de uno de los primeros ídolos multimedia de Latinoamérica. Discos, películas, programas de radio y TV, e incluso libros de autoayuda (uno bajo el curioso título de "Las curaciones milagrosas de Leo Dan") componen parte de su enorme prontuario, influyente en una escala que aún resulta imposible mesurar. Leopoldo Dante Tévez, su nombre real, es el tipo al que Leonardo Favio imitaba poco antes de convertirse él mismo en una estrella; al que los mexicanos Café Tacuba tributan y hasta el dúo electrónico neoyorquino Ratatat aplaude. El exacerbado proselitismo religioso del solista, creciente en la medida que avanzaba el reloj, fue una de las pocas manchas en un concierto que jugó a ganador desde el comienzo, pero sobran argumentos para dejar pasar esa falta, así como el mediocre cometido de sus músicos acompañantes. Leo Dan se ganó la impunidad vitalicia hace décadas.
20.6.12
Jennifer Lopez: Economía y negocios
Hay un ring de box instalado para la canción "Goin' in", pero -en honor a la verdad- el cuadrilátero debería ser de la WWE. El trecho que separa un concierto propiamente tal de un show de Jennifer Lopez es el mismo que distancia a la lucha libre de un deporte auténtico: la veracidad es lo de menos, lo que importa es el espectáculo. Entre brillos, coreografías y cambios de vestuario, a la estrella del Bronx se le va toda su concentración -y oxígeno-, así que cantar queda relegado a un plano secundario. Lo hace sólo cuando se sienta para interpretar, sin mucha gracia, una versión acústica de "If you had my love", en un gesto similar a los que tuvieron Britney Spears y Justin Bieber en sus recitales santiaguinos, como si deseara aclarar que puede y no quiere. Pésima señal.
Si alguien esperaba un montaje a la altura de Beyoncé, tendrá que seguir participando. Como vocalista, JLo es una gran bailarina y una mejor empresaria porque tiene la fórmula para ganar mucho invirtiendo muy poco. Ni siquiera trajo un MC de apoyo para sus numerosos temas con raperos. A cambio, los asistentes -que en forma gradual fueron perdiendo la atención- tuvieron que conformarse con las presencias en la pantalla gigante de Lil Wayne ("I'm into you") Ja Rule ("I'm real" y "Ain't it funny), Fat Joe ("Feeling good") y LL Cool J ("All I have"). Dinero fácil para la que hoy en día es una magnate del entretenimiento. Así, cualquiera se llena los bolsillos.
Que la actriz esté recién ahora, con 42 años de edad y a más de una década de su debut "On the 6", dando su primera gira mundial responde a una inteligente decisión de negocios, como todas las que toma esta brillante estratega de ascendencia latina. Sería idealista creer lo contrario y pensar que la multifacética diva desea retribuir algo al público, o sentir su contacto en vivo. Jennifer Lopez tiene claro que la fuerza de gravedad entrará en acción más temprano que tarde, quitándole buena parte de su atractivo. Nada que hacer al respecto, salvo seguir el pastiche bailable ("Papi", "On the floor") mientras se pueda, celebrarse a sí misma (hasta sus hijos forman parte de las proyecciones en la pantalla) e insistir en que sólo es "una chica simple del Bronx". Al menos para mentir, JLo nunca se arrugará.
Si alguien esperaba un montaje a la altura de Beyoncé, tendrá que seguir participando. Como vocalista, JLo es una gran bailarina y una mejor empresaria porque tiene la fórmula para ganar mucho invirtiendo muy poco. Ni siquiera trajo un MC de apoyo para sus numerosos temas con raperos. A cambio, los asistentes -que en forma gradual fueron perdiendo la atención- tuvieron que conformarse con las presencias en la pantalla gigante de Lil Wayne ("I'm into you") Ja Rule ("I'm real" y "Ain't it funny), Fat Joe ("Feeling good") y LL Cool J ("All I have"). Dinero fácil para la que hoy en día es una magnate del entretenimiento. Así, cualquiera se llena los bolsillos.
Que la actriz esté recién ahora, con 42 años de edad y a más de una década de su debut "On the 6", dando su primera gira mundial responde a una inteligente decisión de negocios, como todas las que toma esta brillante estratega de ascendencia latina. Sería idealista creer lo contrario y pensar que la multifacética diva desea retribuir algo al público, o sentir su contacto en vivo. Jennifer Lopez tiene claro que la fuerza de gravedad entrará en acción más temprano que tarde, quitándole buena parte de su atractivo. Nada que hacer al respecto, salvo seguir el pastiche bailable ("Papi", "On the floor") mientras se pueda, celebrarse a sí misma (hasta sus hijos forman parte de las proyecciones en la pantalla) e insistir en que sólo es "una chica simple del Bronx". Al menos para mentir, JLo nunca se arrugará.
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