4.6.12

El mundo según Fito Páez


Más que un embajador de Argentina, Fito Páez es un emisario de otro tiempo, de esa época en que el pop más interesante del sur del mundo se hacía al otro lado de la cordillera. Ahora que Chile aventaja musicalmente a sus vecinos, "El amor después del amor" es sólo una postal nostálgica, pero eso no quita que sus canciones sigan erizando pelos por donde sea que pasen. En la partida de esta gira conmemorativa, el rosarino asume otra vez el papel que, hace dos décadas, lo convirtió en el solista más popular su país: ser un catalizador del legado de sus maestros y un ícono de su generación.

Por la pantalla gigante del Movistar Arena desfilan vivos y muertos. Son los colaboradores notables del disco: Luis Alberto Spinetta, Mercedes Sosa, Charly García, Andrés Calamaro, Fabiana Cantilo, Celeste Carballo. La flor y nata. Sólo faltó Gustavo Cerati, que aportó su guitarra en "Tumbas de la gloria", todavía la mejor muestra de un álbum emblemático, cómplice de tantas vacaciones y romances que anoche tuvo una altísima convocatoria (aunque no un lleno total, culpa tal vez de la copada agenda santiaguina).

Fue una montaña rusa emocional. Cuando Fito Páez toca "A rodar mi vida", miles de chalecos, polerones y bufandas son agitados en el aire por la gente. En "Un vestido y un amor" y "Pétalo de sal", surge el coreo generalizado. A la altura de "Brillante sobre el mic", no queda otra opción más que callarse y dejarse conmover. Hay demasiada carga emotiva en estas canciones como para abrirle la puerta al cinismo. Se tributa al Ridley Scott de "Thelma y Louise" y no al de "Blade Runner" ("Dos días en la vida"), y no hay perdón para el que confunda el loop de "El amor después del amor" con "Streets of Philadelphia" de Bruce Springsteen. Así es el mundo según este flaco eléctrico: un lugar dominado por su ego y su genio, esa peligrosa combinación que terminó quemando su carrera antes de tiempo, pero que -al menos anoche- le valió al trasandino el perdón de todos sus pecados.

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