26.5.12

Ricardo Montaner: Palabras más, palabras menos


“Seis días de guerra y guerra, de bombardeo, de bombas molotov, de bazucas, de ametralladoras y disparos de fusiles”. No es el relato del corresponsal de un conflicto bélico, sino las palabras de Ricardo Montaner refiriéndose a su desastroso paso por la animación del Festival de Viña, en su libro de autoayuda espiritual “Lo que no digo cantando”. De no ser por esa incontenible verborrea, este personaje de la farándula de Miami difícilmente seguiría viniendo a Chile. Tiene cada vez menos argumentos musicales para volver, pero lo sigue haciendo porque acá se confunde con labia y don de gentes su irritante afán de ser siempre el florero de mesa.

Montaner, obvio, pasó bastante rato hablando entre canciones en su retorno a la capital, después de tres años y medio en los que –según lo visto anoche- poca gente resintió su ausencia. Escaso resultó el marco de asistentes al Movistar Arena, a pesar de que las entradas más baratas sólo valían 5 mil pesos. Eso no frenó el ánimo del solista, enfrentado esta vez al escenario inverso de su recordada actuación de 2003 en la Quinta Vergara, cuando usó carteles con mensajes en vez de su ejercitada lengua para comunicarse con el público. Ahora se vengó transmitiendo hasta por los codos, siendo el centro de las miradas de una audiencia feligrés, indiferente a la escasa trascendencia de sus últimos trabajos.

Argentino de nacimiento y venezolano por adopción, el cantante de 54 años conserva su impronta de baladista edulcorado, generoso en tics dramáticos, muy eficiente a la hora de ser lo más empalagoso posible. “Tan enamorados”, “Me va a extrañar” y en especial “Déjame llorar” -su gran chispazo como compositor- fueron las cumbres de Montaner en vivo, secundado por una banda que incluyó a sus hijos Mau (batería) y Ricky (guitarra), y la particularidad de tener una saxofonista femenina (protagónica en "Será" y "Necesito de ti"). Sonido irreprochable y ejecuciones fieles a los arreglos originales. Romanticismo lacrimógeno, en pocas palabras, aunque de seguro Montaner lo explicaría con miles de metáforas.

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