7.1.12

Corderolobo: A medio vivir

Solista casi a la fuerza, el ex cantante de Yupisatam presenta su proyecto individual y le da nuevo sentido al trillado concepto de canción de autor a través de un elepé que refleja una personalidad musical única, pero que no desconoce sus influencias.

El debut homónimo del cantautor Corderolobo empieza con unas percusiones golpeadas y charangos que recuerdan al disco “Gepinto” de Gepe, y acaba en un compás de tres cuartos acompañado de un piano que parece tocado por Claudio Parra. “Si yo, que soy chileno, no valoro a Los Jaivas y no saco algo de ahí, ¿entonces quién? Si el día de mañana alguien toma mi música y usa un elemento de ella para hacer otra cosa, todo bien”, asegura. Además, en el cuerpo del álbum, el solista samplea ‘Qué Onda Güero’ de Beck, así como en otro momento advierte que puede aguzar la guitarra hasta lucir como un bastardo del rock industrial.

Referencias igual de dispersas suelen abundar en trabajos primerizos, en los que se explora la personalidad y los propios límites, pero en el caso de Corderolobo toda esa etapa está superada. Carlos Vargas, nombre de pila de este multiinstrumentista, fue parte del grupo Yupisatam, fundado en 1997 y disuelto una década después. “Se acabó por desgaste, no por mala onda. Nos aburrimos de hacer tocatas de ocho bandas sólo para las pololas y sentir que nada compensaba nuestro esfuerzo”, confiesa. El trío Inflamable sería su próximo emprendimiento, hasta que entró en hibernación tras la partida a China de su guitarrista, Juan Manuel Fluxá.

En 2008, Vargas se hizo cargo de musicalizar la película “Tanto Tiempo” de Claudio Polgati, donde aparecían un par de bosquejos de lo que ahora es su primer álbum sin banda. “Muchos van desertando de la música en la medida que pasa el tiempo”, cuenta. Nada que el ingenio no pueda solucionar. Junto a Nicolás Moreno, alias Rojo Cinco 3 Veces y ex bajista de Jirafa Ardiendo (otro deceso del rock chileno de los ’90), Corderolobo fundó Solistas Unidos, asociación de proyectos personales que actúa a modo de cooperativa. “Cuando ellos tocan sus canciones, nosotros somos su banda de apoyo y viceversa. Funciona como un colectivo y no tiene formación fija, hemos hecho funciones de hasta ocho artistas donde cada uno toca dos temas suyos, entonces, tenemos que aprender 14 temas aparte de los propios”, explica.

Nieto de Rosa Lobos y María Isabel Cordero, de ahí su nombre artístico -y tal vez el comienzo de las dicotomías que colorean su carrera-, Carlos Vargas (el cordero que también es lobo, el solista que quiere sonar como grupo, el rockero que samplea bases electrónicas y toca charango) carga una última y atractiva dualidad a sus hombros: la del CD que no es CD. Su debut es tanto libro de arte como disco. Una revalorización del formato ingeniosa y atractiva. “Era una idea preconcebida. Si sacaba un álbum físico, debía tener una razón de ser. Hacerlo por hacerlo me da lata, es sólo romanticismo y yo quería un sentido. Tampoco tengo rollo con que se lo bajen. No lo he subido sólo porque no sé cómo se hace”.

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