7.1.12

A la sombra de la Parra: De Violeta y las nuevas flores

Chile sigue saldando su infinita deuda con Violeta Parra, quien nunca recibió en vida todos los honores que merecía. Hoy, una película biográfica, el surgimiento de cantautoras que la reconocen como un referente y la efervescencia social que vive el país nos hacen peregrinar, nuevamente, hacia una de las figuras más importantes de nuestra historia.

Violeta Parra. Violeta. La Viola. Artista, personaje y persona. Tributos varios ha recibido la cantautora, desde su muerte en 1967, aunque la última década ha concentrado algunos de los más interesantes: a saber, una completísima exposición de su trabajos visuales en Estados Unidos, la reedición de 13 de sus discos por el sello Oveja Negra, la aparición del álbum doble “Isabel canta a Violeta” de Isabel Parra y el libro (más CD) “Violeta se fue a los cielos”, firmado en 2006 por otro hijo de la folclorista, Ángel Parra.

De aquella publicación, el cineasta Andrés Wood (“La Fiebre del Loco”, “Machuca”, “Historias de Fútbol”) se aferró para construir el guión de su próxima película, una biografía de Violeta Parra en celuloide que también lleva por nombre “Violeta se fue a los cielos”. La cinta, además de ser una de las primeras biopics musicales de Chile, es uno de los homenajes a la solista que faltaban, el de la pantalla grande.

“Violeta se fue a los cielos” incluye recreaciones de época y buena parte del rodaje fue realizado en París, Francia, ciudad donde una rama de los Parra encontró un refugio antes, durante y después de la dictadura militar. Pero, sobre todo, la película muestra cómo la actriz protagonista, Francisca Gavilán, se sumerge en el personaje que encarna y lo hace propio, tras un año de preparación en que se adueñó de todos sus ademanes y gestos, hasta de su voz.

Tanto aparataje –infrecuente en el cine chileno- no es de extrañar en tiempos en que se mira al pasado como un ejercicio frecuente, casi compulsivo o derechamente “retromaníaco” (como diría el periodista inglés Simon Reynolds, que acuñó el término en su último libro, “Retromania”, cuyo subtítulo es “La adicción de la cultura pop a su propio pasado”). Sin embargo, en el caso de Violeta Parra, aquel diagnóstico resulta, al menos, inexacto. ¿Realmente hablamos sobre una figura pretérita?

Ejemplos de vigencia sobran en el repertorio de la cantautora, hay demasiados como para considerar que su obra es parte del recuerdo y ni siquiera requieren mayor poder interpretativo para ser comprendidos, porque están planteados en tono directo y claro. “¡Que vivan los estudiantes, jardín de las alegrías! Son aves que no se asustan de animal ni policía, y no le asustan las balas ni el ladrar de la jauría”, escribió Parra en ‘Me gustan los estudiantes’, superando largamente cualquier tributo musical contemporáneo al movimiento estudiantil. Lo mismo que ocurrió el año pasado con ‘Arriba quemando el sol’ (“el minero ya no sabe lo que vale su dolor”) y el derrumbe de la mina San José; que es también el dolor retratado en ‘Arauco tiene una pena’ y que sigue palpitando en el sur (“entonces corre la sangre, no sabe el indio qué hacer, le van a quitar su tierra, la tiene que defender”). Y todavía es difícil encontrar discurso más sólido y provocativo que el de ‘Qué dirá el Santo Padre’ (“el que oficia la muerte como un verdugo tranquilo está tomando su desayuno”) entre autores chilenos nuevos.

YA ESTÁ HECHO

Así como hay quienes dicen que Black Sabbath y Ramones ya tocaron todos los grandes riffs de guitarra, Violeta Parra parece haber dejado escrita al menos una canción para cada problema de la sociedad chilena (extrapolable a cualquier nación tercermundista, de ahí su universalidad), y a veces sus composiciones calzan en la coyuntura social con nitidez casi escalofriante, sembrando la duda sobre qué tanto ha avanzado en realidad nuestro país. “Cuesta imaginarse la música chilena sin ella”, afirma Evelyn Cornejo, quien acaba de relanzar su debut homónimo (2009) mediante el Sello Azul, un álbum llamado originalmente “Música de raíz folclórica” y que en varios pasajes rescata el canto más aguerrido y menos metafórico.

“Violeta no sólo se destaca por sus lúcidas canciones, sino también por ser una artista integral”, afirma la cantautora penquista Rocío Peña, antropóloga, fundadora de Twitsessions y responsable del disco “Atardecer” (2009). “Hay que considerar también lo actuales que son sus letras. Lo que por un lado provoca tristeza, porque son reflejo, además de sus sentimientos, de luchas que se llevaron a cabo en este mismo país y por poner un ejemplo, Arauco aún tiene una pena”.

Natalia Molina, quien debutó este año con el álbum de libre descarga “Cuna de Piedras” (que tiene tintes de canción social conjugada con dosis de finura pop tipo Mazzy Star), concuerda en rescatar la consistencia del trabajo de Violeta Parra: “Siento una admiración tremenda hacia su obra y también hacia su persona, por lo general, la admiración que siento por los grandes se basa en esta relación de consecuencia entre vida y obra. La vida forja la obra y la obra define tu vida. Es un ejemplo de trabajo y perseverancia no solo para mí, sino para muchos músicos que conozco. No hay que hacer folclore para recoger su influencia. Va mas allá del estilo, tiene que ver con escribir con valentía y que tu discurso sea consecuente con lo que eres y con lo que piensas. El que escucha se da cuenta cuando algo no es de verdad o esta hecho solo para complacer, o encajar en alguna moda”.

Para Natalia Contesse, quien junto a Evelyn Cornejo es otra integrante de la camada 2011 del Sello Azul (con el disco “Puñado de Tierra”), Violeta Parra es un referente a todas luces. “Una agarra la guitarra para componer algo y muchas veces te la encuentras en unos acordes, en una melodía, en un vocablo. Creo que ella sigue, en alguna dimensión, viva en muchos de nosotras las cantoras, cantautoras o cantantes de esta tierra. Todas podemos sentirla encajándose en algún instante en nuestro aliento”, declara.

MEJOR EN TORBELLINOS QUE EN CUADRADOS

En momentos de efervescencia social, como la que se puede palpar actualmente en Chile, es cuando la obra de Violeta Parra asoma con más fuerza y provoca consenso acerca de su enorme valor. “Tiene más actitud que muchos de los que pasaron a la historia del rock and roll. Me gusta como logra hablar de temas de política y sociedad sin caer en propaganda, con certeza, con ejemplos. Escribo harto sobre este tema. Tengo algunas letras que hablan de ciertos temas sociales, pero quiero ser cuidadosa con la forma en que lo planteo. No quiero caer en panfletos que el día de mañana pueda usar un político, porque creo que este sistema ya está viciado”, afirma Rocío Peña.

Y es que las inquietudes -no sólo coyunturales, sino también artísticas- de la multidisciplinaria figura son las mismas que hoy tienen otras cantautoras. “Para mí, en algunos momentos es importante cantar canciones sociales, tanto así como cantar canciones personales… aunque esos son rótulos que vienen después. Nunca me he sentado a componer pensando qué tipo de canción voy a hacer, prefiero sentarme con mis emociones y sacarlas, mejor en torbellinos que en cuadrados, mejor en remolinos que en matemáticas, dice Camila Moreno, planteando una mezcolanza de intereses similar a la apreciable en el repertorio de Parra, quien también usó la introspección como una herramienta. “¿Por qué separar lo personal de lo social, como si no afectara mi intimidad lo que pasa afuera? Cuando lo social también es interior, creo que existe mayor integridad, menor individualismo”.

Natalia Molina es más clara al respecto: “Yo creo que la opinión que no se expresa está muerta. Un líder político al que admiro mucho (se refiere a Salvador Allende) dijo que ser joven y no ser revolucionario era una contradicción. Yo creo que ser humano y no tener una opinión sobre el mundo en el que estas parado es una contradicción. Los músicos siempre han jugado ese rol de relatores de lo que pasa a su alrededor y creo que es necesario que existan voces mas explícitas y directas que acompañen estos movimientos. La música comunica mucho mas que los discursos, llega al corazón de la gente”, asegura.

“Las voces salen de la agitación de forma natural, lo social nos afecta a todos y nosotros somos parte de este descontento. Mi papel es el que todas las personas deberían tener, que es aportar con lo que sabemos hacer para construir entre todos una sociedad justa y pacifica”, aporta Evelyn Cornejo, desde un prisma aún más comprometido. Su compañera de sello, Natalia Contesse, aporta a la reflexión: “Creo que el oficio del cantor debe estar al servicio de su pueblo, no tiene sentido que el canto sea solamente una cosa estética. Si pensamos, ¿qué habrá motivado al primer hombre o la primera mujer a cantar por primera vez? Yo creo que fue una necesidad del espíritu de explicarse la existencia, de lograr comunicarse con ella. Esto es lo que esta pasando ahora. Estamos teniendo la necesidad de contar cantando. Es como el dicho que don Facundo Cabral citaba: “a un hombre que trabaja, dios lo respeta; más cuando el hombre canta, dios lo ama. Por eso veces a los cantores los asesinan. No todo queremos escuchar algunas verdades. Pero ya no hay miedo. Vuelve el canto y esta vez no se calla”.

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